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¿Qué significa el aumento del salario mínimo para los campesinos y microempresarios del territorio? Una reflexión necesaria

En Colombia, el salario mínimo tuvo un aumento cercano al 23 %. Para muchos trabajadores formales, esta noticia representa un alivio frente al costo de vida. Pero en el campo y en los pequeños negocios rurales, la pregunta es otra:

¿Cómo impacta este aumento a los campesinos y microempresarios que generan empleo y sostienen la economía local?

En regiones como la Orinoquía, Boyacá y Cundinamarca, la mayoría de las unidades productivas no son grandes empresas. Son fincas familiares, pequeños comercios, asociaciones, emprendimientos rurales y microempresas que funcionan con márgenes ajustados y alta dependencia del día a día.

El aumento del salario mínimo trae oportunidades, pero también retos reales.

Lo positivo: más ingresos, más movimiento local

Un salario mínimo más alto puede significar:

  • mayor capacidad de compra para trabajadores rurales;
  • más movimiento en la economía local;
  • mejor bienestar para las familias;
  • mayor motivación y estabilidad para quienes tienen empleo formal.

Cuando hay más ingresos, los mercados locales se activan, se compra más en la tienda del pueblo, se invierte más en educación, salud y alimentación. Eso dinamiza el territorio.

El reto: mayores costos para pequeños productores. Pero para muchos microempresarios rurales, el aumento también implica:

  • mayores costos laborales;
  • dificultad para formalizar empleo;
  • presión sobre negocios que aún no logran estabilidad;
  • riesgo de informalidad o reducción de puestos de trabajo.

En el campo, muchos productores no fijan precios; los reciben. Venden su leche, sus cultivos o sus productos a valores que no siempre suben al mismo ritmo que los costos. Ahí aparece el desequilibrio.

El riesgo no está en pagar mejor. El riesgo está en no tener cómo sostenerlo.

¿Dónde entra Fundación Amanecer?

Desde la Fundación Amanecer, entendemos que este tipo de cambios no se enfrentan solos. Nuestro papel no es decirle al productor qué hacer, sino acompañarlo para que tome mejores decisiones en un contexto más exigente.

¿Cómo lo hacemos?

  • apoyando el acceso a microcrédito responsable, para capital de trabajo e inversión;
  • fortaleciendo la asociatividad, para reducir costos y mejorar negociación;
  • promoviendo mejoras productivas que aumenten eficiencia;
  • acompañando la planificación financiera del negocio;
  • ayudando a pensar el empleo como una inversión sostenible, no como una carga imposible.

El aumento del salario mínimo exige algo clave: producir mejor, organizarse mejor y planear mejor.

Una oportunidad para transformar, no para retroceder

Este cambio puede ser una oportunidad si se gestiona bien. Puede impulsar:

  • mayor formalización gradual;
  • mejores prácticas laborales;
  • negocios rurales más sólidos;
  • relaciones más justas entre empleadores y trabajadores.

Pero eso solo es posible si los pequeños productores no quedan solos frente al ajuste.

En la Orinoquía, Boyacá y Cundinamarca, el desarrollo no se construye desde decretos, sino desde el territorio. Desde la finca, el taller, la tienda, la asociación.

Por eso, hoy más que nunca, el diálogo, el acompañamiento y la inclusión financiera son claves. Porque cuando los cambios económicos llegan sin apoyo, generan miedo. Pero cuando llegan con herramientas, pueden convertirse en progreso.

En la Fundación Amanecer seguimos convencidos de algo sencillo, pero poderoso: cuando el campesino y el microempresario crecen, el territorio crece con ellos.