En la cuenca del Orinoco, así como en territorios productivos como Boyacá y Cundinamarca, hay una realidad que sigue siendo evidente pero poco discutida: el desarrollo rural se sostiene, en gran medida, sobre el trabajo de las mujeres… pero sin el reconocimiento que esto implica.
Las agricultoras no solo participan en la producción: administran, sostienen hogares, cuidan el territorio y garantizan la seguridad alimentaria. Aun así, enfrentan condiciones más precarias: menor acceso a tierra, limitaciones para acceder a crédito, baja formalización y escasa participación en decisiones clave.
Aquí surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué, si son fundamentales para el sistema productivo, siguen siendo tratadas como un actor secundario?
Parte de la respuesta está en cómo históricamente se ha entendido su rol. Muchas veces su trabajo se percibe como “apoyo” y no como liderazgo económico. A esto se suma la carga invisible del cuidado, que limita su tiempo, sus ingresos y sus oportunidades de crecimiento.
Pero el problema no es solo social, es también económico. Un campo que no reconoce ni potencia a las mujeres es un campo que está operando por debajo de su capacidad real. Entonces, más allá de hablar de inclusión, el reto parece ser más profundo: cambiar la forma en que entendemos el desarrollo rural.
¿Estamos diseñando soluciones realmente pensadas para ellas?, ¿o seguimos esperando que se adapten a estructuras que no consideran su realidad?
Abramos la conversación: ¿Qué creen que hace falta para que las mujeres rurales dejen de ser invisibles y pasen a ser protagonistas reales del desarrollo?
Fundación Amanecer