Cuando se habla de conservación, con frecuencia se piensa en áreas protegidas delimitadas en un mapa: parques, reservas, líneas verdes que separan lo que se cuida de lo que se produce. Sin embargo, el Colombia Country Report de WWF invita a hacer una pausa y repensar esa lógica. La naturaleza no funciona por fragmentos aislados, sino como paisajes vivos, conectados y habitados.
Colombia es uno de los países más biodiversos del mundo, pero también uno de los más complejos en términos sociales y territoriales. El informe señala con claridad que la presión sobre los ecosistemas no proviene únicamente de actividades ilegales o extractivas, sino también de modelos de desarrollo que no han logrado integrar a las comunidades rurales como aliadas de la conservación.
En este contexto, toma fuerza el enfoque de conservación basada en paisajes. Se trata de una visión que reconoce que los bosques, las sabanas, los ríos y los sistemas productivos coexisten, y que su sostenibilidad depende de cómo se articulan entre sí. No se trata únicamente de proteger “islas” de biodiversidad, sino de gestionar territorios completos donde la vida, la economía y la naturaleza se entrelazan.
La Orinoquía es un ejemplo contundente de esta realidad. Sus sabanas, humedales, bosques de galería y cuencas hídricas, no solo albergan una riqueza ecológica extraordinaria, sino que sostienen medios de vida rurales, actividades agropecuarias y economías locales. El reporte de WWF advierte que cuando estos paisajes se transforman sin planificación, los impactos no son únicamente ambientales: también se debilitan las economías rurales, aumenta la vulnerabilidad social y se profundizan las brechas territoriales.
Por eso, conservar el paisaje implica mucho más que restringir usos. Implica crear condiciones para que quienes habitan el territorio puedan producir de manera sostenible, asociarse, acceder a financiamiento y tomar decisiones informadas. Sin estas condiciones, la conservación suele percibirse como una imposición; con ellas, puede convertirse en una oportunidad real.
Desde esta perspectiva, el rol de organizaciones como la Fundación Amanecer cobra un sentido estratégico. La inclusión financiera, el microcrédito responsable y el fortalecimiento de asociaciones productivas no son acciones aisladas del debate ambiental. Al contrario, se convierten en habilitadores clave para la conservación de paisajes, porque reducen la presión sobre los ecosistemas y permiten transitar hacia prácticas productivas más sostenibles y resilientes.
El Colombia Country Report también subraya la importancia de la gobernanza territorial y la articulación entre actores públicos, privados y comunitarios como condición para proteger los ecosistemas a largo plazo. Sin comunidades empoderadas y con alternativas económicas reales, ningún esquema de conservación es sostenible en el tiempo.
Quizá el mayor aprendizaje de este enfoque es sencillo, pero profundo: no se puede conservar el paisaje sin incluir a las personas que lo habitan. En territorios como la Orinoquía, cuidar la biodiversidad significa también invertir en capacidades locales, fortalecer economías rurales y construir desarrollo desde el territorio.
Pensar la conservación desde el paisaje no es solo una estrategia ambiental. Es una apuesta por un país más equilibrado, más justo y más sostenible.