En la cuenca hidrográfica del río Orinoco se encuentra uno de los patrimonios ecológicos más determinantes de Colombia. Este sistema alberga aproximadamente el 48% de los humedales continentales del país, concentrados principalmente en los departamentos de Casanare, Vichada, Arauca, Meta y Guainía. Esta nota tiene un propósito central: explicar por qué los humedales no solo son esenciales para la biodiversidad, sino también para el funcionamiento social, productivo y cultural de la Orinoquía.
En términos técnicos, los humedales operan como infraestructura ecológica. Ecosistemas como sabanas inundables, esteros, morichales, planicies aluviales y bosques asociados a sistemas hídricos cumplen funciones críticas de regulación del ciclo del agua: almacenan excedentes en temporadas lluviosas, amortiguan inundaciones, mantienen caudales en épocas secas y contribuyen a procesos de filtración y retención de sedimentos. En una región marcada por variabilidad climática, estos sistemas son clave para la resiliencia territorial.
Sin embargo, el valor de los humedales en la Orinoquía no se limita al componente ambiental. Estos ecosistemas son indispensables para asegurar agua para consumo humano, pero también sostienen actividades económicas y servicios estratégicos para el territorio: son base para la agricultura y la ganadería, soportan dinámicas de pesca, facilitan la navegación en zonas de conectividad hídrica, y constituyen un activo fundamental para el turismo de naturaleza y la economía local asociada a la biodiversidad.
Cuando un humedal se degrada o pierde conectividad, el impacto no es solo ecológico. Se altera la disponibilidad de agua, se afecta la productividad del suelo, se incrementa la vulnerabilidad frente a sequías e inundaciones, y se generan pérdidas acumulativas en los medios de vida rurales. Por eso, en la Orinoquía, la conservación de humedales debe entenderse como un componente estructural de la sostenibilidad económica y social, no como un tema aislado de conservación.
Además, estos ecosistemas poseen un valor que rara vez aparece en los indicadores, pero que ha sido decisivo para su permanencia: su dimensión cultural y espiritual. En múltiples comunidades, los humedales representan territorios de memoria, identidad y relación histórica con el agua. Ese vínculo —construido por generaciones— ha sido una de las razones más poderosas para su conservación, incluso en contextos de presión ambiental. Reconocer esta dimensión no es un gesto simbólico: es una condición real para cualquier estrategia de gestión territorial efectiva.
En este contexto, Fundación Amanecer desarrolla su trabajo en territorios de la cuenca del Orinoco, con presencia sostenida en Casanare, Vichada, Arauca y Meta. Su enfoque parte de una premisa clara: la sostenibilidad de los humedales no se garantiza únicamente con restricciones, sino creando condiciones para que las familias rurales puedan producir y vivir sin degradar el paisaje.
Por eso, la Fundación impulsa acciones que integran inclusión social, productiva y financiera, orientadas a fortalecer capacidades territoriales, mejorar prácticas en unidades productivas rurales y facilitar acceso a herramientas financieras responsables. En territorios donde el agua define el funcionamiento del paisaje, estas estrategias permiten reducir presiones sobre ecosistemas sensibles, mejorar la gestión del recurso hídrico y sostener economías locales compatibles con la conservación.
Fundación Amanecer