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Cuando los pequeños ganaderos cuidan el paisaje: el rol silencioso de quienes sostienen la Orinoquía

En la Orinoquía colombiana —en departamentos como Casanare, Meta, Arauca y Vichada— se produce una realidad que a menudo pasa desapercibida: en paisajes ganaderos, donde la actividad productiva ha sido históricamente protagonista, también habita una enorme diversidad de fauna silvestre. Jaguares, venados, aves y reptiles siguen presentes en territorios que, lejos de estar vacíos de vida, continúan funcionando como ecosistemas vivos.

La pregunta surge con fuerza: ¿cómo es posible esa convivencia entre producción y biodiversidad? La respuesta no está únicamente en la extensión del territorio o en su aparente aislamiento. En gran parte, se explica por la manera en que estos paisajes han sido habitados y manejados durante décadas. La permanencia de bosques de galería, caños, humedales, nacederos y corredores naturales ha permitido que la vida siga fluyendo, incluso dentro de escenarios productivos.

En ese equilibrio, hay un actor clave que pocas veces ocupa el centro de la conversación: los pequeños ganaderos y microempresarios rurales. En la Orinoquía, un pequeño productor no solo cría ganado. También administra el agua, protege nacimientos, decide si conserva un bosque o lo transforma y define —muchas veces sin acompañamiento técnico suficiente— el impacto ambiental de su actividad. Son decisiones cotidianas, silenciosas, pero profundamente estructurales para el futuro del paisaje.

Desde esta perspectiva, la sostenibilidad no se impone: se construye. Por eso, la Fundación Amanecer trabaja con pequeños ganaderos y microempresarios rurales para impulsar prácticas ambientales responsables que cuiden el entorno y, al mismo tiempo, fortalezcan la productividad y la estabilidad económica de las familias. Estas prácticas incluyen la conservación de bosques de galería y fuentes hídricas, el manejo adecuado de suelos y pasturas, el uso eficiente del agua, la diversificación productiva para reducir la presión sobre el territorio y el fortalecimiento de la asociatividad como una herramienta clave de aprendizaje colectivo y sostenibilidad.

Estas transformaciones no nacen únicamente del discurso ambiental, sino de una verdad práctica: producir mejor también es cuidar mejor. Sin embargo, el reto es que muchos pequeños productores quieren hacer las cosas de manera distinta, pero no siempre cuentan con capital, acompañamiento o acceso al sistema financiero para dar el paso. Sin crédito responsable, sin formación y sin redes de apoyo, la sostenibilidad puede convertirse en un privilegio.

En ese punto, la inclusión financiera se convierte también en una herramienta ambiental. El microcrédito, el acompañamiento técnico y el fortalecimiento de asociaciones permiten invertir en mejoras productivas sin poner en riesgo la subsistencia del productor. Así, se facilita la transición hacia modelos más sostenibles, resilientes y alineados con el cuidado del paisaje.

La experiencia en la Orinoquía demuestra que la conservación no ocurre únicamente en áreas protegidas. También ocurre en fincas productivas, en decisiones diarias y en productores que comprenden que su futuro está ligado al equilibrio del territorio. Si se quiere una Orinoquía viva, productiva y biodiversa, el camino no pasa solo por grandes discursos. Pasa por reconocer, acompañar y financiar a los pequeños ganaderos y microempresarios rurales que ya están haciendo parte de la solución.

Porque cuando el desarrollo se construye con ellos —y no a pesar de ellos—, la naturaleza no se pierde: se fortalece.

-Fundación Amanecer